viernes, 15 de agosto de 2008

Sanaciones y Conversiones

En esta sección se relatan algunos testimonios obrados por la intercesión de María, Rosa Mística los que fueron tomados del libro "María, Rosa Mística, Montichari-Fontanelle" de A.M. Weigl.


Motivo de grandes comentarios fueron los tres milagros que se verificaron el 8 de diciembre de 1947, durante la aparición de “Rosa Mística” en la Iglesia Parroquial de Montichiari.
El cuarto milagro tuvo lugar antes de ser colocada la estatua de la Virgen en la misma Iglesia, después de haber recorrido en procesión toda la Parroquia.
La indagatoria reglamentaria de los milagros y su veredicto pertenecen a la autoridad eclesiástica.
Sin embargo, esos hechos maravillosos, han sido sólo el principio de una serie de prodigios, dignos de una documentación completa, que por lo menos nos haría reflexionar y nos empujaría hacia la Madre de Dios. Entre los muchos relatos, expondremos algunos:


1- Una señora de Florencia (Italia) fue curada de cáncer. Ella misma entregó a Pierina Gilli toda la documentación médica, confirmando su curación radical.








2- Un hombre de Bozen, a consecuencia de un grave accidente que lo dejó inválido, no podía andar sin la ayuda de muletas. El diagnóstico médico declaró que no sería capaz de trabajar antes de un año. Después del baño en la fuente de Fontanelle, quedo sano y antes de una semana volvió normalmente a su trabajo. En su peregrinación de agradecimiento desbordaba de alegría y gratitud a María Santísima.

3- Un alemán llegó a Fontanelle enfermo con una grave pulmonía, bebió del agua de la fuente, tocada por las manos de la Virgen y quedó curado instantáneamente.




4- Una joven de 16 años en compañía de sus padres, acudió a Pierina Gilli, lamentándose de fuertes dolores en el pecho. Todos juntos rezaron tres Avemarías fervorosamente en el Oratorio ante la estatua de Rosa Mística, suplicándole luz y ayuda. Pierina le aconsejó entonces que bebiera del agua de Fontanelle y se presentara sin dilación al médico. Este constató, mediante una radiografía, que en el pulmón de la joven estaba incrustada una aguja recta y de 4cm de largo, a pocos milímetros del corazón, dejada allí en una intervención quirúrgica que se le había hecho a la edad de 3 años. Para salvar a la paciente, quedaba como único recurso, una muy difícil operación. Al llegar los médicos a la aguja, tratando de sacarla, se quebró en dos partes y facilitó el trabajo. La operación tuvo éxito completo y la muchacha se restableció en breve tiempo. Los médicos hablaron de este acontecimiento como un verdadero milagro y se alegraron del suceso, con la familia. Los pedazos de la aguja de 2cm cada uno, fueron entregados a Pierina como una prueba de la gracia recibida. El 15 de agosto de 1973, los padres de la joven regresaron a dar gracias a Rosa Mística por tan milagrosa intervención.




5- El 15 de octubre de 1972, llegó a Montichiari un gran bus trayendo muchos peregrinos y ente ellos venía una señora de unos 60 años que sufría de una grave y dolorosa artritis. Desde hacía muchos años tenía manos y pies contraídos y deformados por la enfermedad, las articulaciones rígidas y con gruesos nudos. Los peregrinos se dirigieron a Pierina Gilli y acompañados por ella, fueron al Oratorio y suplicaron ante la estatua de Rosa Mística que tuviera compasión de la pobre enferma. A la vista de todos y en medio de una emoción indescriptible quedó instantáneamente curada. Ya no tuvo necesidad del calzado ortopédico que le había sido indispensable para poder moverse. Descalza y sin ayuda alguna salió del Oratorio para dirigirse al bus. No es posible describir la fervorosa oración que, con lágrimas de alegría, hicieron todos a Rosa Mística, agradeciéndole este milagro tan evidente.






6- El hecho ocurrió en Malavicina, pequeña población de la provincia de Mantua (Italia). Oliva Sudiro-Zanotto, de 80 años de edad, madre de un sacerdote y un médico, fue curada milagrosamente de una gravísima enfermedad en la piel, un eczema que la había hecho padecer durante 42 años, localizándose en los brazos, las piernas y la cara, desfigurándola de tal manera que parecía leprosa. Todos los remedios y tratamientos habían resultado inútiles, a pesar de los amorosos cuidados de su hijo médico y de numerosas tentativas en clínicas y hospitales. Una tarde la enferma se acostó con todas sus incurables dolencias y a la mañana se despertó sana. Esto ocurrió en septiembre de 1968. no se le dio publicidad al hecho sin antes haber obtenido el diagnóstico médico y los exámenes análisis y radiografías que confirmaron la desaparición de la enfermedad. Profesores, médicos y enfermeras que habían tratado a la señora Oliva están de acuerdo en reconocer unánimemente que sólo una intervención milagrosa pudo devolverle la salud. (el Padre Gerhard Hermes trata sobre este asunto en la revista alemana “Der fels”- enero de 1971). Un día quisimos conocer personalmente a la señora Olivia y la encontramos en la casa parroquial de Malavicina, en donde vive con su hijo sacerdote, párroco del lugar. Con conmovedora sencillez cuenta ella su historia: “Durante 42 años estuve gravemente enferma y nadie pudo aliviarme: ¡la Virgen lo hizo en una noche y a mí misma me parece un sueño este gran milagro que ha obrado en mí! La enfermedad tuvo comienzos pocos días después del nacimiento de Alessandro, mi hijo menor que hoy es médico. No sé cómo contraje este mal. Al principio se me hincharon las manos, luego la cara y las piernas. La piel se me llenó de pústulas, provocando un insoportable sarpullido. La sangre no circulaba bien y las llagas se me llenaron de pus. Tenía que vendarme continuamente para evitar que sangraran y se mancharan las sábanas y la ropa en general. Somos gente pobre, no disponíamos del dinero necesario para un médico, ni me era posible quedarme por largo tiempo en el hospital. Continué trabajando y para mi alivio usé las hierbas medicinales que me aconsejaban los campesinos y remedios caseros, que probablemente me hicieron más mal que bien. La época de mayor sufrimiento era la del verano, cuando el calor me aumentaba las molestias. Sufría de insomnio y me pasaba las noches en vela sin poder reprimir mis lamentos. Durante el día iba a trabajar al campo. Tenía un hijo en el seminario y el más joven empezaba su estudio de medicina y era menester conseguir el dinero necesario. Con el trabajo en el campo, las heridas estaban expuestas al polvo y al sol. La inflamación de la cara me cerraba totalmente los ojos y no podía ver nada. Solamente la fe en Dios, me ayudó a soportar tanto tormento; si hoy recuerdo todo lo que sufrí, yo misma no alcanzo a comprender como sobreviví sin desesperar y enloquecer. Cuando mi hijo se graduó de médico, no omitió esfuerzo alguno para aliviarme, me sometió al tratamiento de especialistas y hospitales, pero sin ningún resultado favorable. Mi caso se complicó cuando enfermé de diabetes. Un día la enfermera advirtió que de los pies se me desprendía la carne en forma de tiras, al poco tiempo el mismo mal me acometió en las manos. Quedé convertida en una leprosa y no me atrevía a salir ni siquiera a la puerta de la casa. En septiembre de 1968 me visitó un Hermano de la Orden de San Camilo, paisano y conocido mío. Al verme en tal estado, se conturbó su ánimo de tal manera que no pudo articular palabra. Unos días más tarde me envió un frasco con el agua bendita de Montichiari, advirtiéndome que era milagrosa. No tenía noticia de los sucesos allí ocurridos, pero mi sufrimiento era tan grande que decidí hacer la prueba. Antes de retirarme a dormir, me eché el agua del frasco en las llagas de las piernas, manos y cara, me coloqué de nuevo el vendaje y me dispuse a pasar la noche en el martirio acostumbrado. ¡Cosa rara!, dormí profundamente y me desperté apenas al toque del Angelus. Hacía 40 años que esto no me había sucedido. Desperté a mi marido y le dije: “Me siento mejor, quiero ir a Misa”… El me replicó: “No saldrás de la cama, ya sabes que ni siquiera puedes sostenerte en pie”. Un misterioso impulso me obligó a levantarme, puse los pies en el suelo, pude enderezarme y me sentí fuerte. Mi esposo me miraba asombrado. Me vestí rápidamente y me fui a la Iglesia para asistir a la Santa Misa. Algo raro me había pasado; estaba impaciente por llegar a casa. Apenas terminada la celebración eucarística, me fui a mi cuarto y me quité las vendas. Pasmada mi admiración cuando vi que las llagas habían desaparecido de mis piernas y de mis manos. Fui a mirarme al espejo y también mi cara estaba completamente normal. Llamé a mi esposo y a mi hijo y ellos también, atónitos por la sorpresa, constataron mi curación. “¡Es la Madonna! ¡Es un milagro!... repetí una y otra vez, sin comprender que tal prodigio se hubiera verificado en mí”. Olivia Sudiro termina su historia mostrándome sus manos y brazos enteramente sanos, también su cara está libre de toda huella del terrible mal que la había desfigurado durante 40 años.





CONVERSIONES




1. Con mucha frecuencia llegan a Montichiari, estudiantes de teología con los problemas de una crisis espiritual; varios, ya decididos a renunciar a sus ideales de sacerdocio, desconcertados por la triste situación interior en que se debate la Iglesia. Pero junto a Rosa Mística han encontrado la fortaleza para seguir adelante con espíritu de fe. Algunos de ellos ya son sacerdotes de Cristo y siguen confiando firmemente en la ayuda de la Madre de Dios que los sacó bien librados de tantas graves situaciones de la vida y en un servicio de alegría, afianzaron su vocación.




2- Un joven sacerdote, después de un año de ministerio, sintió el tedio ocasionado por la tibieza y graves deslices a causa de la seducción de mujeres sin conciencia. Resuelto a abandonar su vocación, antes que seguir en tan deplorable estado, llegó a Montichiari. Escuchó los consejos de Pierina exhortándole a no desesperar y rezó largo tiempo con él ante la estatua de Rosa Mística. Allí recibió la gracia de la conversión, reconciliado con Dios por la confesión, quedó quebrantado el poder del mal que lo tenía aprisionado y fiel a sus principios, siguió viviendo con alegría su sacerdocio.




3- Un religioso sacerdote, en lo mejor de sus treinta años, se incomoda con los superiores de la Orden, alterca con ellos y en su rebeldía abandona la Orden y deja el ministerio. Aunque se asegura una buena colocación económica y una desahogada posición social no encuentra la paz y se siente desgraciado. Verdaderamente desesperado llega a Montichiari y en sus entrevistas con Pierina halla fuerza para desahogarse y termina bañado en sudor y llorando amargamente y sin esperanza. Ella lo conforta y cuando le dice: “Padre, usted es y sigue siendo sacerdote de Dios por toda la eternidad, confíe en Su Misericordia y en la ayuda de María, que es la Madre de la Misericordia”…él grita violento: “¡Oh qué es lo que yo hice!” Pierina lo conduce a su Oratorio y ante la estatua de Rosa Mística oran los dos largo tiempo. Al fin cobra la calma y promete hacer una buena confesión. Al despedirse, Pierina le pide la bendición sacerdotal y él se la imparte con lágrimas de consuelo y gratitud. Tres meses después, superadas serias y grandes dificultades regresa a su Orden y allí edifica a todos por su profunda humildad y su vida de constante reparación.








4- El profesor A.L.P. se convierte ante “Rosa Mística” en Fontanelle, el 27 de septiembre de 1970. Más tarde relata su conversión en una Conferencia que dicta a un nutrido grupo de estudiantes y de ella extractamos algunas partes importantes:
“Os prometí contaros cómo ocurrió mi conversión, pero no quiero con ello sugestionar e influenciar a ninguno. Dios busca continuamente cómo salvar las almas, especialmente aquellas que más se apartan de Su Amante Corazón y huyen de Su luz, porque con ella conocerían sus pecados. De mí mismo, no sé decir por cuanto tiempo persistí en negar a Dios. Reconozco que maldije, escupí y lapidé al Señor. Renové con mi vida pecaminosa Su flagelación, su coronación de espinas y lo crucifiqué infinidad de veces. Yo era un pecador, sumido en profundas tinieblas y en peligro de precipitarme en el eterno abismo, si la misericordia no me hubiera favorecido.
En esta pecaminosa situación, tenía yo a mi lado una esposa buena, amante y fiel. Ella fue la víctima de mi existencia pecaminosa, pues con crueldad la colmé de humillaciones. Sólo Dios y Su Santa Madre saben cuánto ha sufrido por mi causa. Pero ella me quería salvar. Con una fe y confianza inquebrantables, imploraba mi conversión, valiéndose especialmente del rezo del santo rosario. Sistemáticamente rechacé sus ruegos de que la acompañara a la Santa Misa, me acercara a los sacramentos o tomara parte en alguna peregrinación mariana. Por fin, un día, para que me dejara en paz y para demostrarle que en algo podía complacerla, prometí ir con ella a una peregrinación. Interiormente tenía como imbéciles todas esas prácticas y prometí desquitarme de esta concesión, con nuevas burlas a mi regreso. Así fue como el 27 de Septiembre de 1970, viajé con mi esposa a Fontanelle, en donde decían haberse aparecido la Madre de Dios.
Entré a la Capilla con desprecio, burla y arrogancia, pero de pronto me encontré frente a una estatua de la Virgen, de dos metros de altura, vestida sencillamente de blanco. Se despertó mi interés al contemplarla, luego me sentí cautivado y me quedé inmóvil ante ella. Nunca había visto una estatua tan grande y tan hermosa, su perfección me parecía rarísima. Quedé completamente dominado por sus ojos llenos de dulzura y de indecible tristeza, que no solamente miraban, sino que hablaban. ¡Ojos no sólo vivos, sino amorosos y suplicantes! Sentí que algo extraño pasaba en mi alma. Me dije:”Ningún artista hubiera podido esculpir una obra tan maravillosa, si no lo hubiera guiado una mano divina”. Tuve la sensación de que los ojos de aquella estatua me seguían. Quise huir, sintiéndome profundamente indigno, pero aunque cambiaba de lugar y me iba de un lado para otro, la penetrante mirada de esos ojos estaba clavada en mí. De pronto sentí que me flaqueaban las piernas y, sin saber cómo, me vi de rodillas a la entrada de la Capilla. Toda mi arrogante soberbia estaba quebrantada y lloré lágrimas amargas.
Algo extraordinario que no podía comprender había pasado en mí. Mi orgullo se resistió todavía a la llamada de Dios y al amor maternal de “Rosa Mística”, pero sus ojos milagrosos me seguían; me pareció ver que se llenaban de tristeza y que derramaban lágrimas que mojaban su bellísimo rostro. Es imposible describir lo que sentí. Como a la luz de un relámpago vi claramente toda mi vida con su pasado infame y oscuro y la vergüenza y el arrepentimiento se apoderaron de mí.
Abrumado por el agradecimiento conocí que había recibido el perdón de mis pecados. Me inundaba la gracia, el amor a Dios, la alegría y la paz en una vida que iniciaba; estaba como sumergido en el infinito y maternal amor de Rosa Mística.
Dejé la Capilla transformado en un hombre nuevo.
Nada le dije a mi esposa y, los días siguientes fueron para mí un continuo descubrir a Dios, su infinita misericordia, su inconmensurable amor. El Sacramento de la Confesión aumentó mi gozo interior.
Mi buena y amada esposa bien pronto se dio cuenta de mi cambio total. Desde entonces hemos ido juntos, repetidas veces a Montichiari para testimoniar a Rosa Mística la gratitud desbordante de nuestros corazones”.