sábado, 31 de mayo de 2008

En el Evangelio se encuentra la vocación a la santidad. María nos lo reucerda en sus mensajes

Por el Padre Augusto Drago

Publicado en el Boletín “La Voz de Rosa Mística” correspondiente al mes de Abril de 2008



María, no cesa nunca de ocuparse de sus hijos. Con sus mensajes no solo ayuda y conforta dando nuevas esperanzas, pero sobre todo vuelve a llamar a la humanidad a su vocación escrita en el Evangelio de Su Hijo, Cristo Jesús. María nos conduce en derredor a la fuente del Evangelio.


En el Evangelio está el alfabeto de la santidad y de la vida. Las palabras y las actitudes de Jesús, sus silencios, sus oraciones, su relación con el Padre, su modo de relación con los demás, su vida con los discípulos, pero sobre todo sus Palabras, son como cartas que uno se permite escribir en el cuaderno de nuestra vida cotidiana, algunas sílabas de la más bella Palabra de Dios; la vida de Dios, en nosotros, o bien la santidad de Dios como don a nuestra humanidad. La Vida de Dios en sí es Belleza porque es armonía, comunión, don, por lo mismo, santidad. Igualmente se transforma la vida del hombre que está unido a Cristo.

No es necesario hacer grandes cosas para hacerse santos: el santo es uno como todos, que no hace otra cosa sino las cosas normales y cotidianas con un estilo simplemente evangélico, llenando cada cosa de vida a los otros. Digamos que el santo es alguien que vive más intensamente y con mayor conocimiento la vida cristiana inscripta por el Espíritu Santo en el corazón de cada uno de nosotros con el alfabeto del Evangelio. De otra manera, la fuerza de Pentecostés no es para nada apagada o agotada, al contrario, está siempre viva, presente, activa e irrumpe con todo su dinamismo


El don de la santidad y el don de la vida se identifican. Los dos fueron traídos de Jesucristo, el Santo de Dios y la vida de Dios para nosotros. Jesús declara solemnemente: Para esto he venido, para que los hombres tengan vida y la tengan en abundancia (Jn. 10, 10). Esta es la vida eterna: que los hombres te conozcan a Ti, Padre, y a Aquel que Tú has enviado (Jn. 17, 3). Entonces la vida es entrar en el misterio de Dios, conocerlo, vivir en El: y es aquí donde nos es donada la belleza de Dios que es el Amor. Nosotros queremos llegar a esto con nuestra mirada y nuestro corazón. Y estemos seguros que El dará aún su sangre a nuestras heridas.


La máxima revelación del Amor de Dios no consiste en teorías, es más bien la vida terrena e histórica de Jesús que el Evangelio nos describe.
Jesús no muestra a Dios, pero lo demuestra en su rostro de belleza, en Su Rostro de Padre, comunicándonos la nostalgia, el deseo y el intenso amor ardiente de ser sus hijos.
En Jesús el espíritu está revelado por la carne, la esencia de Dios de la vida de un Hombre. La vida de Dios es narrada de la vida de un Hombre. Dios no nos seduce, y por lo mismo no nos lleva a la santidad: con la omnipotencia, con la eternidad, con el infierno, sino con el Rostro de Cristo, el más hermoso entre todos los hijos del hombre.


Con la belleza de Jesús, que consiste en su modo único de amar, encontrar, sanar la vida, hacerla fermentar, inundarla de luz, confortarla, se convierte entonces en santidad también, amar a la humanidad de Cristo:El era así estupendamente hombre, tanto que sus discípulos dijeron de El: un hombre así, no puede ser otra cosa que Dios.

María nos llama y nos vuelve a llamar a través de Sus palabras y mensajes a la conversión del corazón: dicho con otras palabras, a que nosotros hagamos entrar en nuestro corazón el Evangelio de la Santidad y de la Belleza.

¡Oh, María, Rosa Mística, Madre de la Belleza y de la Santidad, ruega e intercede por nosotros tus hijos y tus hijas para que podamos aferrarnos a la fascinación del Evangelio!.